Pintura de Leonid Ilyukhin: un protagonista en el centro, seducido a la derecha por el orden apolíneo y a la izquierda por el caos dionisíaco entre cuerpos y fuego

Apolo, Dionisio, Nietzsche y el secreto de la buena música

Hay canciones que te rompen el corazón y que, extrañamente, no puedes dejar de escuchar. ¿Por qué?

No es una pregunta fácil, así que empecemos con otra pregunta: ¿qué es el buen arte? Dejemos que la filosofía nos guíe, pongámonos los bigotes de Nietzsche, y empecemos con …una obra de arte.

Apolo y Dionisio — Leonid Ilyukhin

“Apolo y Dionisio” — Leonid Ilyukhin. Imagen vía ArtStation.

Una pintura que enfrenta el orden contra el caos

¿Qué vemos? Nuestra mirada es llevada hacia el medio, donde encontramos al protagonista. ¿A quién representa? ¿Un artista? ¿Un político? ¿Un filósofo? Podrías ser tú o podría ser yo. O quizás… representa algo más grande. ¿Una civilización? ¿Una cultura?

Dos bandos lo están seduciendo, y no podrían ser más distintos uno del otro. A la derecha, un mundo que parece seguro, reconfortante y ordenado. Personas de estatus, concentradas en algo que parece productivo y estructurado. El otro bando es lo contrario, es el caos; basta con notar que al fondo, algo arde en llamas. Pero también están celebrando entre cuerpos semidesnudos y alcohol, y esa clase de caos es seductora. Qué extraño que, como nuestro protagonista, nos sintamos atraídos por ambos polos: por el orden y por el caos.

Desde esta disyuntiva… ¿Qué hará nuestro protagonista? ¿Por qué bando se decidirá? Y tú … ¿a dónde irías? Supongo que me dirías “depende para qué”. entonces…¿Con qué bando pasarías la noche y con qué bando el día? ¿Con quiénes irías a un festival? ¿con quién formarías una empresa? ¿A quiénes le pedirías un consejo de amor, de familia, de trabajo? Y finalmente… ¿con quién te sentarías a pintar, a componer música… a crear arte?

Nietzsche buscó en la tragedia griega el origen del buen arte

Esta obra se llama Apolo y Dionisio, de Leonid Ilyukhin, y representa la temática del primer libro de Nietzsche: “El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música”. En él se propuso resolver el misterio de cómo nace el buen arte, y para esto se basó en su estudio de la tragedia griega.

La tragedia fue una de las primeras formas de teatro, y puso el dolor humano en el centro del escenario. Nietzsche no la consideraba una forma de arte más; para él, era la expresión artística suprema, y como tal, era un milagro cultural de la humanidad. Por eso se obsesionó con la pregunta: ¿por qué este milagro nació en la Atenas del siglo V a.C. y no antes ni después ni en otro lugar?

Para entender la respuesta a la que llegó, volvamos al cuadro. Dos fuerzas, dos hermanos, Apolo y Dionisio, hijos de Zeus, quienes luchan por el alma del protagonista.

Apolo es el orden; Dionisio, el éxtasis

A la derecha, iluminado, tenemos a Apolo. Dios de la luz, del orden y de la belleza. Su mundo es el del sueño, un refugio perfecto contra la imperfección del mundo real. Es el impulso que nos lleva a darle forma al caos. Observemos a quienes lo rodean: son individuos. Aun en grupo, están inmersos en su propio mundo interior. Este es el espíritu que alimenta nuestro ego, que nos separa de la naturaleza y nos inspira a crear. Nos eleva hacia un ideal celestial, una perfección inalcanzable que, precisamente por serlo, se convierte en el motor de nuestra ambición y nos empuja a aspirar siempre a más. Tanto, que nos atrevemos a retar a los mismos dioses como únicos creadores de perfección.

Y a la izquierda, emergiendo del caos y la oscuridad, está Dionisio, el dios del vino. ¿Y qué nos transmite? Euforia, emoción, y éxtasis. Si Apolo nos individualiza, Dionisio nos disuelve. Y en esa disolución, nos liberamos del sufrimiento que conlleva ser un individuo: la angustia, la soledad y el peso de tener una conciencia. El ego se pierde, y con él, nuestro dolor personal.

Pero esta liberación no es un escape hacia el hedonismo. Es algo mucho más profundo, y aquí es donde la filosofía de Nietzsche agrega una capa de complejidad al análisis. Al perder nuestro ego, nos fusionamos con el flujo de la vida misma, que es a la vez creación y destrucción, belleza y horror.

El éxtasis dionisíaco, entonces, no es ignorar el lado oscuro de la vida. Es sentir una alegría tan salvaje por el simple hecho de existir, que se abraza todo lo que la existencia implica. Es un ‘Sí’ rotundo a todo, sin filtros. Un sí a su alegría, y también un sí a su dolor.

Entonces, se entiende que el espíritu apolíneo pretende alcanzar la perfección y lo bello dándole forma y orden a todo lo que crea. Aspirando a construir un mundo ideal, mientras que el espíritu dionisiaco no tiene esa clase de ambiciones ni necesita sostener ilusiones; se entrega al instinto y descubre que, aquí y ahora, está todo lo necesario para celebrar la vida en su totalidad.

La Escuela de Atenas en donde vemos a Platón y Aristóteles señalando uno al cielo y otro a la tierra — Rafael

Rafael — La escuela de Atenas.

La música en su estado más puro es dionisíaca

Si el arte de Apolo se manifiesta en la escultura o la pintura, porque aspiran a la belleza y a la perfección, ¿cuál es el canal artístico predilecto de Dionisio?

Para Nietzsche, la respuesta es una y solo una: la música.

La música pura (sin letra) es el arte que no imita al mundo de las apariencias. Una pintura te muestra una imagen de un árbol (una ilusión apolínea). Una escultura te muestra la forma de un cuerpo (otra ilusión apolínea). Pero la música instrumental no te muestra una imagen del mundo. En lugar de replicar formas, expresa emoción a través de su tensión, su liberación y su pulso. Para Nietzsche, esta es la manifestación directa del flujo de la vida (que él llamó “unidad primordial”). La música es pre-racional porque evoca una reacción de tu cuerpo y de tus emociones sin necesidad de conceptos o historias.

¿Qué sucede cuando agregamos letra a la música?

La letra crea una historia. Esa historia es algo con lo que nos podemos relacionar. La emoción sigue ahí pero ha sido racionalizada por nuestra experiencia personal. El foco ya no es solamente musical, sino que se vuelve potencialmente introspectivo o referencial.

Veamos los casos extremos. Por un lado, pensemos en esas canciones donde la letra es pura poesía, letras que tejen una narrativa densa, llenas de imágenes vívidas, personajes con nombre propio y metáforas que te obligan a detenerte y pensar. En ellas, el ritmo dionisíaco sirve como la banda sonora para una historia apolínea muy elaborada. Por otro lado, en el reguetón cliché más básico, la letra es funcional al ritmo, está ahí para reforzar el beat y la melodía. No es coincidencia que el motivo fiestero (ejemplo “duro”) coincida repetidamente con un bombo. La pregunta clave para identificar quién está en control de la música, si Dionisio o Apolo, es: ¿qué está al servicio de qué? ¿El ritmo al servicio de la palabra, o la palabra al servicio del ritmo? Dentro del espectro pop moderno, se podría decir que el reguetón es música dionisiaca.

Esta tensión, entre lo dionisíaco y lo apolíneo, nos revela algo profundo: como seres humanos, tenemos una necesidad de contar historias a través del arte. Pero, ¿por qué?

Nietzsche lo explica con la imagen de un velo, y quien lo teje es Apolo. La revelación dionisíaca —la verdad de que, en el fondo, la vida es una fuerza caótica, contradictoria y a menudo dolorosa— es insoportable para el ser humano. Por sí sola, nos paraliza. Para poder mirarla de frente, necesitamos que Apolo la cubra en un velo. Su “velo” es la belleza, la forma, la estructura.

Necesitamos que ese dolor primordial venga envuelto en un poema perfecto, cubierto por una melodía sublime. Ese horror envuelto en belleza es el arte. Entonces, el arte no es un escape de la realidad. Es lo que hace que la realidad sea tolerable.

Pensemos en esa canción que te rompe el corazón, pero que extrañamente, no puedes dejar de escuchar. La letra, el elemento apolíneo, cuenta la historia de un desamor, una herida que conoces bien. En su estado crudo, ese recuerdo es solo dolor, una caótica memoria dionisiaca. Pero el artista, usando el velo de Apolo, ha envuelto esa herida en algo hermoso. Y ahí ocurre el milagro: el arte no borra el dolor, lo transfigura. Te permite visitar ese lugar oscuro de tu memoria, pero protegido por la belleza de la canción. Por eso puedes encontrar consuelo, e incluso un extraño placer, en la tristeza más profunda evocada en una canción. Estás contemplando tu propio caos a través del velo del orden controlado de Apolo.

El gran arte equilibra la mente y el cuerpo

Un artista es seducido por fuerzas apolíneas y dionisiacas. Además de, como acabamos de ver, lo relacionado a la letra y la historia, una tendencia apolínea nos da música que prioriza lo técnicamente bello. La belleza, que nos puede llegar a emocionar pero rara vez nos hace perder el control, es una conexión personal entre arte y el individuo consciente. Pensemos en una composición clásica: una arquitectura sónica, que ha descubierto la fórmula matemática para endulzar nuestros oídos, que eleva la mente, pero mantiene nuestros pies pegados a la tierra. Por otro lado, la tendencia dionisiaca resulta en una música que prioriza una reacción del cuerpo. Pensemos en un ritmo hipnótico, simple y repetitivo; diseñado para crear un flujo constante de energía pura, un beat tan potente que se siente en el pecho antes que en los oídos. Es música que no te pide que la analices, sino que te ordena que la bailes. Un trance que busca apagar la mente para liberar los instintos más primarios. El reguetón o la música electrónica, por ejemplo, podrían ser una de sus encarnaciones modernas más claras.

Por eso, para Nietzsche, el verdadero milagro, la magia del gran arte, ocurre en la tensión e interacción equilibrada de la influencia de ambos dioses. Esta combinación es lo que permite al arte trascender y conectar con la experiencia humana en su totalidad, con nuestro lado más racional y con el más instintivo.

El gran artista, entonces, es un equilibrista, que camina sobre una cuerda floja entre el sueño y la embriaguez, entre la estructura y el caos, entre el cielo y el infierno.

La fórmula de Nietzsche: una dosis de orden y otra de caos

Nietzsche, en su búsqueda, creyó haber presenciado este milagro dos veces. Lo vio en la tragedia griega y creyó verlo renacer, ante sus propios ojos, en la ópera de su amigo Richard Wagner.

Pero la historia tuvo un giro amargo. Nietzsche rompió su amistad con Wagner, acusándolo de sucumbir a la decadencia. Al rechazar a quien consideraba su gran esperanza, dejó el futuro del arte como una pregunta abierta, un misterio sin resolver.

Sin embargo, dejó la receta: una dosis de orden apolíneo y una dosis de caos dionisíaco. La pregunta que no pudo responder fue: ¿dónde encontrar de nuevo los ingredientes en su estado más puro y qué cultura o tipo de artista los mezclaría?

Imaginemos por un momento. ¿Qué pasaría si una cultura que durante siglos rindió culto a Apolo, perfeccionando la estructura musical y la destreza instrumental, chocara de frente con otra que nunca dejó de rendir culto a Dionisio a través del ritmo, el trance y el éxtasis? De una colisión de esa magnitud, ¿qué tipo de sonido revolucionario podría nacer?

Ese choque de mundos, ocurrió. Pero su profeta no llegó a verlo. A ese sonido se le llamó Jazz.